GERENCIA DIVINA

“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.   Palabras de Jesús al que antes se llamaba Simón y que ahora llama “piedra” -o más bien “roca”.  Se trata del Apóstol San Pedro, el primer Papa, la “roca” sobre la cual Cristo funda su Iglesia.

¿Cómo fue este nombramiento?  Sucedió que un día Jesús interroga sus discípulos sobre quién creía la gente que era El, pero más que todo le interesaba saber quién creían ellos que era El.  Enseguida, Simón (Pedro) salta -de primero, como siempre- y sin titubeos, ni disimulos, responde con claridad:  “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 13-20).

Si nos ubicamos en el momento, nos podremos percatar de la significación de esta declaración de Pedro.  Jesús había comenzado a manifestar su gran poder a través de milagros que los Apóstoles habían presenciado:  agua cambiada en vino, muchas curaciones,  multiplicación de  panes y peces, calma de tempestades, etc.  Sin embargo, en ningún momento Jesús se les había identificado.  Y ahora les pide que sean ellos quienes lo identifiquen.  De allí la importancia de la declaración de Pedro.

Por eso el Señor se apresura a decirle:  “Dichoso tú, Simón, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los Cielos”.  Los sabios de Israel no captaron lo que Pedro y los Apóstoles sí pudieron captar.  Ellos no eran de los sabios y racionales, sino de los sencillos y humildes a quienes el Padre revela sus misterios.  Por eso les muestra Quién es su Hijo. (cfr. Mt. 11, 25)

Para razonar hay que estar en una búsqueda sincera de la Verdad, pues los razonamientos estériles no llevan a ningún lado.  Hace falta la sencillez, la humildad, la niñez espiritual, para conocer los secretos de Dios y para darnos cuenta de dónde está Dios.  Una fe viva, fervorosa, perseverante, inconmovible sólo viene de Dios y sólo la reciben los que se abren a este don.  Y la llave que abre nuestro corazón y nuestra mente a las cosas de Dios es la humildad.

Continuando con el relato, para aquel momento sonaba demasiado espectacular la frase de Jesús:  “sobre esta Roca edificaré mi Iglesia”.  Al lado de Jesús sólo estaban los Apóstoles y otros cuantos seguidores.  Ninguno pudo medir el alcance de las palabras del Señor.  Pero el Señor sí:  habla de su Iglesia como cosa que El iba a construir:  será una obra divina y no humana.  Y promete que ninguna fuerza, ni siquiera las del Infierno, podrán destruir su obra. 

Además da a Pedro un poder inmenso.  “Lo que ates en la tierra, quedará atado en el Cielo”, que equivale a decir:  lo que decidas en la tierra, será decidido así en el Cielo.  Las decisiones que tomes, serán ratificadas por Mí.  Aprobación previa de parte mía en el Cielo a todo lo que decidas en la tierra sobre mi Iglesia.  ¡Qué estilo de gerencia es la  gerencia divina!  No podía ser de otra manera: tal peso sobre Pedro y sobre todos los Papas después de él, tenía que contar con una asistencia especial.

Así ha querido Jesús edificar su Iglesia:  con la presencia constante de su Espíritu Santo hasta el final, y dándole a Pedro -y a todos sus sucesores, los Papas- el poder de decidir aquí lo que El ratificará allá.  En un mundo tan racional como el nuestro, esto parece difícil de comprender y de aceptar.  Pero así es. Cristo fundó su Iglesia así.  Y prometió estar con ella hasta el final.  “Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo” (Mt. 28, 20).

La Iglesia Católica es la única Iglesia fundada por Dios mismo, pues viene de Jesucristo hasta nuestros días: viene directamente desde San Pedro, como el primer Papa, hasta nuestro Papa actual.  Y para dirigirla, Dios estableció este estilo de gerencia:  lo que decidas en la tierra, será decidido en el Cielo.   

 

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