AL FINAL DEL MUNDO

Las Lecturas de Adviento, en preparación para la Navidad, nos invitan a vivir el reinado de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.

El Profeta Isaías hace un relato simbólico de lo que será ese reinado, en que nos presenta a animales -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica:  el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo con el león ... y hasta un niño con la serpiente.  Quiere el Profeta instar a los seres humanos, que por nuestra naturaleza de pecado a veces también tendemos a ser antagónicos y rivales unos de los otros, a vivir en paz y en justicia.  Y así -en paz y en justicia- podemos convivir, si todos –unos y otros- recibimos al Mesías, si aceptamos su Palabra, si de veras vivimos de acuerdo a ella.

Es lo mismo que nos sugiere San Pablo en su Carta a los Romanos cuando nos dice:  “Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda vivir en perfecta armonía unos con otros, conforme al Espíritu de Cristo Jesús, para  que, con un solo corazón y una sola voz alaben a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 15, 4-6).

El cómo llegar a esa armonía en Cristo Jesús, para alabar con un solo corazón y una sola voz a Dios Padre, nos lo indica San Juan Bautista en su predicación:  “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”.

Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento:  conversión, cambio de vida, rebajar las montañas de nuestro egoísmo y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres. 

Nuestros pecados dificultan el poder vivir en armonía unos con otros, alabando a Dios con un solo corazón y una sola voz.  Nuestros pecados impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.

Por eso el llamado a la conversión de hace dos milenios sigue siendo vigente. ¿Ha respondido el mundo?  ¿No seguimos los hombres y mujeres de hoy con las mismas actitudes de los de hace dos mil años?

¿No podría San Juan Bautista decirnos las mismas cosas que dijo entonces?  “Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego ... El que viene después de mí (Jesucristo, el Mesías) separará el trigo de la paja.  Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.  (Mt. 3, 1-12)

Son palabras fuertes, que suenan a amenaza.  Pero son la realidad de cómo funcionan la Misericordia y la Justicia Divinas.  El Mesías ya vino hace más de dos mil años, y está presente en nosotros con su Gracia, está presente en la Eucaristía y en los demás Sacramentos, podemos -además- encontrarlo en la oración sincera, esa oración que busca al Señor para agradarlo, para entregarse a El, para conocer su Voluntad. 

El Adviento nos invita a la conversión, al cambio de vida, a entregar nuestro corazón, nuestra vida, nuestra voluntad a Dios.  Pero somos libres.  Así nos hizo Dios. 

Al final del mundo tenemos dos opciones:  Cielo o Infierno.  Con nuestra libertad podemos escoger:  ¿Queremos ser “paja” arrojada al fuego o “trigo” a ser guardado en el granero del Señor?

 

¿Qué sucederá después del Juicio Final?

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