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Eso nos dice Jesús: que viene pronto. ¿Cuando
será? ... no sabemos, pero cada día que pasa es un día
menos para su llegada.
“El que da fe de estas palabras dice: ‘Sí,
vengo pronto’. Así sea: Ven, Señor Jesús”
(Ap. 22, 20). Con estas palabras termina la Biblia: el Señor
diciéndonos que viene pronto y nosotros, la Iglesia, la humanidad
entera, diciendo que ojalá así sea y pidiéndole que
venga.
Es el Primer Domingo de Adviento, tiempo de espera
para la venida de Cristo ... también es tiempo de preparación
para esa venida. Las Lecturas de este tiempo de Adviento nos trasladan
a veces a ese anhelo que existía en el Antiguo Testamento de la
venida del Mesías.
Sin embargo, ya ese anhelo ha quedado satisfecho,
puesto que esa primera venida del Hijo de Dios, su venida histórica,
ya tuvo lugar hace dos mil años. En efecto, Jesús nació,
vivió, sufrió, murió y resucitó en la tierra,
en nuestra historia. Y así ha salvado -ha rescatado- a la humanidad
perdida en el pecado.
Luego de su primera venida, la historia de la humanidad
se orienta toda hacia la “parusía”; es decir, hacia
la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos. El Adviento es tiempo
especial de preparación para esa segunda venida de Cristo. Por
eso muchas de las lecturas de este tiempo también se refieren a
este esperado acontecimiento. Tan esperado, que San Juan finaliza el libro
profético del Apocalipsis con ese clamor de toda la Iglesia (la
esposa) unida a Dios (el Espíritu): “El Espíritu
y su esposa dicen: ... ‘Ven ... Ven, Señor Jesús’”
(Ap. 22, 17 y 20).
Mientras estamos a la espera de ese “adviento”,
de ese advenimiento, de ese acontecimiento tan importante, el más
importante de la historia de la humanidad, el recibimiento de Cristo debe
irse preparando en el corazón de cada persona.
¿Y cómo podemos ir preparando esa
venida del Señor a nuestro corazón? De varias maneras Jesús,
Hijo de Dios, se nos hace presente en este tiempo de espera en que nos
encontramos actualmente aguardando su venida gloriosa.
Primeramente, a través de la recepción
de los Sacramentos. Los Sacramentos son vías especialísimas,
signos visibles, por medio de los cuales Cristo se hace presente. En el
Bautismo nos borra el pecado original y da a cada bautizado su Gracia,
que es su Vida misma. En la Confesión nos restaura la Gracia perdida
por los pecados cometidos. En la Eucaristía está realmente
presente, vivo, y se da a nosotros en forma de alimento para nuestra alma,
para fortalecer nuestra vida espiritual.
Jesucristo también se hace presente con
su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura. También se nos da
en la oración, con inspiraciones e impulsos interiores.
Permitiendo que Cristo venga a nuestro corazón
en cada una de estas formas en que se nos ofrece, dejamos que El vaya
transformándonos cada vez más profundamente. Es la manera
cómo nos vamos preparando a su venida gloriosa.
Así nos encontrará velando, como
nos pide El insistentemente a lo largo de su Palabra y sobre todo en estos
días de Adviento. Nosotros nos encontramos entre una y otra venida.
La primera ya sucedió. La segunda “no saben cuándo
llegará el momento” (Mc. 13, 33-37). Pero sabemos que llegará
...
Por eso el Señor nos recuerda tantas veces
que estemos preparados, que velemos, porque no sabemos a qué hora
regresa. “¡Sí, vengo pronto¡” ¡Ven,
Señor Jesús!
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