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El primer anuncio del Nacimiento de Dios-Hombre
fue hecho a los Pastores -a los campesinos de la época- que cuidaban
sus rebaños en las cercanías de Belén. De toda la
humanidad, Dios escogió a estos pobres, humildes y sencillos
hombres para ser los primeros en llegar a conocerlo.
Un Ángel se les apareció la noche
de la Primera Navidad anunciándoles: “Vengo a comunicarles
una buena nueva ... hoy ha nacido el Salvador que es Cristo Señor”
(Lc. 2, 11).
Si bien los Pastores sienten “un miedo
enorme” cuando “el Angel del Señor se les
apareció y los rodeó de la claridad de la Gloria del Señor”
(Lc. 2, 9), no se sorprendieron ante el anuncio que se les hiciera.
Ellos esperaban al Salvador. A causa del pecado
de nuestros primeros progenitores, la humanidad se encontraba a oscuras,
derrotada, pues había perdido el acceso al Cielo. Así describe
el Profeta Isaías la situación de la humanidad: “El
pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is. 9, 1-6).
Y profetiza, con 700 años de anticipación, el nacimiento
de un niño que sería “Dios poderoso”,
“Príncipe de Paz” , que vendría a establecer
un reinado de Paz “para siempre”.
Podemos imaginar, entonces, la alegría que
deben haber sentido los Pastores cercanos a la cueva de Belén cuando
el Ángel se les aparece en la Noche de Navidad y les dice: “Les
traigo una buena noticia, que causará gran alegría
a todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David, un
salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 1-14)
Se cumple así la esperanza de redención
del género humano; es decir, se nos abren nuevamente las puertas
del Cielo.
Y sucedió que mientras el Ángel de
Señor les hablaba a los pastores, aumentó el resplandor
luminoso que los cubría, al aparecer una multitud de otros Ángeles
que “alababan a Dios” cantando una suave y gozosa
melodía: “Gloria a Dios en lo más alto del Cielo,
y en la tierra, gracia y paz a los hombres” (Lc. 2, 14).
Sabemos que los Pastores creyeron sin dudar lo
que se les había anunciado y se dijeron” “Vamos,
pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor
nos dio a conocer” (Lc. 2, 15).
Fueron presurosos y, tal como les fuera dicho “hallaron
a María, a José y al recién nacido acostado en la
pesebrera” (Lc. 2,16)
Si Dios el Señor les manifestó a
los pastores su presencia en el mundo a través del anuncio angélico,
debe haberles también manifestado su Divinidad a éstos,
sus primeros visitantes, pues según dicen algunas traducciones
de la Escritura “cuando los pastores lo vieron, comprendieron
lo que les había sido dicho sobre este Niño”.
La gracia de Dios debe haber tocado a estos sencillos
hombres muy profundamente, causándoles una fuerte renovación
espiritual, por lo cual “después se fueron glorificando
y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído
era como se lo habían anunciado” (Lc. 2,20).
Los Pastores son de esos “pobres en el
espíritu” que luego Jesús el Salvador menciona
en sus Bienaventuranzas, “que de ellos es el Reino de los Cielos”
(Mt. 5,3) ... Y ese Reino también puede ser nuestro,
si somos como los Pastores: sencillos y humildes, creyeron sin
cuestionar y sin dudar, dejaron todo para responder al llamado de Dios,
y presurosamente lo buscaron ... y lo encontraron.
Por eso el Angel anuncia que esa “buena
nueva será de gran alegría para todos” (Lc. 2, 11).
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