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Todos los consejos y exigencias de Dios para con
los seres humanos están dirigidos al bien de cada uno de nosotros
en particular y al bien de la humanidad en su conjunto.
Veamos sólo unos ejemplos de nuestros días:
la perversión sexual ¿qué ha traído como consecuencia?
Destrucción de las familias, hijos abandonados, enfermedades incurables,
etc. La avaricia por dinero y por bienes ha causado robos, asesinatos,
tráfico de drogas, corrupción, etc. ¿A qué
se deben todos estos males? A que los hombres y mujeres de hoy hemos dejado
de cumplir la Ley de Dios.
Cuando faltamos a una ley, a una exigencia o a
algún consejo de Dios, las cosas salen mal, y sus consecuencias
son tanto espirituales, como materiales, y causan daño a la persona
que los comete, a otras personas cercanas y también a la sociedad
en su conjunto.
Uno de estos consejos del Señor es aplicable
tanto al plano espiritual, como a situaciones cotidianas que se nos pueden
presentar. Es el consejo de la corrección fraterna que nos cita
el Evangelio de San Mateo (Mt. 18, 15-20).
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Corrección
fraterna |
Allí nos da Jesús la forma como debemos
corregirnos unos a otros: Primer Paso: “Si alguien comete un
pecado, amonéstalo a solas”. Segundo Paso: “Si
no te hace caso, hazlo delante de dos o tres testigos”. Tercer
Paso: “Si ni así te hace caso, díselo a la comunidad”.
Cuarto Paso: “Si ni a la comunidad le hace caso, apártate
de él”.
La experiencia muestra que cuando corregimos a
otro u otros de una manera distinta a este orden que nos indica el Señor,
se crean problemas, pues el corregido se siente atacado injustamente.
Por ejemplo, si alteramos el orden y hacemos el segundo o tercer paso
de primero, se interpreta que hemos hecho un chisme. Si hacemos el cuarto
paso, sin pasar por los otros tres, estamos faltando a la caridad, pues
aunque la persona a corregir sea culpable de algo, no podemos alejarnos
sin darle alguna explicación o sin que al menos entienda por qué
nos estamos alejando.
¿Qué significa “apartarse de
él”? No significa despreciar a la persona, no tratarla o
no saludarla. Apartarse significa diferenciar el pecado del pecador. Significa
no aprobar sus proposiciones, ni sus caminos. Pero podría significar,
inclusive, “sacudirse el polvo de las sandalias” (Mt.
10, 14), como también aconsejó Jesús a sus discípulos
para cuando no fueran escuchados.
Aquéllos que, teniendo responsabilidad para
con otros, prefieren no corregir a quienes hay la obligación de
corregir y dejan pasar las cosas por miedo a ser rechazados, por miedo
a perder popularidad, por miedo a ser tachados de intransigentes o por
miedo al conflicto, corren el riesgo de ser ellos mismos amonestados por
Dios por no cumplir su responsabilidad. Esto es especialmente importante
para los padres que muchas veces temen corregir a sus hijos por miedo
a no ser queridos por ellos.
El Señor es muy severo con respecto personas
que, teniendo la obligación de corregir a otros, no lo hacen. “Si
Yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado,
y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado
morirá por su culpa, pero Yo te pediré cuenta de su vida.
En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él
no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado
tu vida” (Ez. 33. 7-9
Ahora bien, no siempre depende de nosotros el buen
resultado de la corrección, pues a veces, aún siguiendo
el orden que el Señor nos da, el otro puede rechazarla. Por el
contrario, depende siempre de nosotros el buen resultado, cuando somos
nosotros los corregidos. El dejarse corregir es un deber tan importante,
como corregir.
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