COMO SERA EL JUICIO FINAL

Cada vez que rezamos el Credo recordamos que “(Jesucristo) vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin”. Eso celebramos hoy, Fiesta de Cristo Rey del Universo.

El establecimiento del reinado definitivo de Cristo vendrá precedido del Juicio Final, al cual se refiere el Evangelio de hoy (Mt. 25, 31-46).

Es doctrina de fe católica que, inmediatamente después de la resurrección de los muertos, tendrá lugar el Juicio Final o Juicio Universal.

Es conveniente, entonces, recordar que los seres humanos, una vez dejada nuestra existencia terrenal o temporal, pasaremos por dos juicios: el Juicio Particular, que tiene lugar en el mismo momento de nuestra muerte, y el Juicio Universal que sucederá al final de los tiempos, precisamente cuando Cristo vuelva glorioso a establecer su reinado definitivo.

Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre ambos juicios? Lo primero que debe destacarse es que no habrá discrepancia entre ambos. En el Juicio Final será ratificada la sentencia que cada alma recibió en el Juicio Particular.

El Evangelio de hoy es el famoso pasaje sobre el Juicio Universal o Juicio Final: “tuve hambre y me diste de comer ... tuve sed y me diste de beber ...”. ¿Significa, entonces, que sólo seremos juzgados con relación a lo que hayamos hecho o dejado de hacer al prójimo?

Pareciera que el Juicio Particular fuera relativo a la conciencia moral individual. Que se referirá al aprovechamiento o desperdicio que hayamos hecho de las gracias recibidas a lo largo de nuestra vida terrena. Y que el Juicio Universal fuera sobre la influencia que haya tenido en otras personas el bien o el mal que cada uno haya hecho o dejado de hacer.

En otras palabras: el Juicio Particular se referirá a la conciencia individual y el Juicio Final se referirá a las consecuencias sociales de nuestros pecados. De allí que el Señor, al describirnos el Juicio Final, se refiera a las obras de misericordia, a lo que comúnmente llamamos obras de caridad.

Quiere decir, entonces, que seremos juzgados sobre cómo hemos amado: cómo hemos amado a Dios y cómo ese amor de Dios se ha reflejado en nuestro amor a los demás.

Cierto que el Señor nos ha dicho que al que mucho ama (cfr. Lc. 7, 47) mucho se le perdona, pero es bueno recalcar que seremos juzgados por todas nuestras acciones: en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad, en la humildad, etc., etc. Es decir: en todas las virtudes; también, en las acciones y en las omisiones, en lo pensado, en lo hablado y en lo actuado, en lo oculto y en lo conocido. En todo.

Veamos lo que nos dice la última frase del Libro del Eclesiastés sobre el Juicio: “Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena o sea mala” (Ecl. 12, 14). Esta idea también la menciona San Pablo: “Puesto que todos hemos de comparecer ante el Tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho, bueno o malo” (2 Cor. 5, 10).

Cuando vuelva Cristo al final de los tiempos, nos resucitará como El resucitó. Y, una vez juzgados por El, y separados los salvados de los condenados, Cristo Rey del Universo establecerá su reinado definitivo.

Pero, mientras tanto, mientras estamos esperando este momento, podemos y debemos propiciar ese reinado de Cristo en nuestro corazón y en medio de nosotros. ¿Cómo? Tratando de cumplir la Voluntad de Dios en todo lo que hagamos o dejemos de hacer.

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