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¿Hay vida después de esta vida? ¿Qué
sucede después de la muerte? ¿Qué sucederá
en el Juicio Final? ¿Queda el hombre reducido al polvo? ¿Hay
un futuro a pesar de que nuestro cuerpo esté bajo tierra y en descomposición,
o tal vez esté hecho cenizas, o pudiera quizá estar desaparecido
en algún lugar desconocido?
La Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia
Católica nos dicen que, en el último día, el día
del Juicio Final, saldremos a una resurrección de vida o a una
resurrección de condenación, según hayan sido nuestras
obras durante nuestra vida en la tierra (cfr. Juan 6,40 y 5,29;
CIC #1001).
La Resurrección de Jesucristo, que estamos
celebrando, nos da respuesta a todas esas preguntas. Y la respuesta es
la siguiente: seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal
como El lo tiene prometido a todo el que cumpla la Voluntad del Padre.
Su Resurrección es primicia de nuestra propia resurrección
y de nuestra futura inmortalidad.
La Resurrección de Cristo y su promesa de
nuestra propia resurrección nos invita a cambiar nuestro modo de
ser, nuestro modo de pensar, de actuar, de vivir. Es necesario, como nos
dice San Pablo, “morir a nosotros mismos”. Es decir, nuestro
viejo “yo” debe quedar muerto, crucificado con Cristo, para
dar paso al “hombre nuevo”, de manera de poder vivir una vida
nueva. (cfr. Rom. 6, 3-11)
Y así como no puede alguien resucitar sin
antes haber pasado por la muerte física, así tampoco podemos
resucitar a la vida eterna si no hemos enterrado nuestro “yo”.
Y ¿qué es nuestro “yo”? El “yo”
incluye nuestras tendencias al pecado, nuestros vicios y nuestras faltas
de virtud. Y el “yo” también incluye el apego a nuestros
propios deseos y planes, a nuestras propias maneras de ver las cosas,
a nuestras propias ideas, a nuestros propios razonamientos; es decir,
a todo aquello que aún pareciendo lícito, no está
en la línea de la voluntad de Dios para cada uno de nosotros.
La Resurrección de Cristo nos invita también
a tener nuestra mirada fija en el Cielo. Así nos dice San Pablo:
“Busquen los bienes de arriba ... pongan todo el corazón
en los bienes del cielo, no en los de la tierra” (Col. 3, 1-4).
¿Qué significa este importante consejo
de San Pablo? Significa que, siendo la vida en esta tierra la ante-sala
de la vida eterna, debemos darnos cuenta de cuál es nuestra meta.
Debemos darnos cuenta que no fuimos creados sólo para esta ante-sala,
sino para el Cielo, nuestra meta, donde estaremos con Cristo, resucitados
-como El- en cuerpos gloriosos.
Así que, buscar la felicidad en esta tierra
y concentrar todos nuestros esfuerzos en lo de aquí, es perder
de vista el Cielo. Significa que, si la razón de nuestra vida es
llegar a la morada que Dios nuestro Padre ha preparado para aquéllos
que hagamos su Voluntad, es fácil deducir que hacia allá
debemos dirigir todos nuestros esfuerzos. Nuestro interés primordial
durante esta vida temporal debiera ser el logro de la Vida Eterna en el
Cielo.
Quedarse deslumbrados con las cosas de la tierra,
olvidando las de la Vida Eterna, significa perder nuestra brújula
que apunta hacia el Cielo y perder nuestra ancla, que es la esperanza
en nuestra futura resurrección ... Y, además, correr el
riesgo de no resucitar para la Vida, sino para la condenación (cf.
Jn. 5, 29).
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