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Abraham es nuestro padre en la
fe. Su característica principal fue una fe indubitable, una fe
inconmovible, una fe a toda prueba ... y una confianza absoluta
en los planes de Dios y una obediencia ciega a la Voluntad de Dios.
Por eso y por una escogencia especial del Señor, a Abraham se le
conoce como el padre de todos los creyentes.
A Abraham Dios comenzó pidiéndole
que dejara todo: Vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de
tu padre. Y sale sin saber a dónde va. Ante la orden
del Señor, Abraham cumple ciegamente. Va a una tierra que no sabe
dónde queda y no sabe siquiera cómo se llama. Deja todo,
renuncia a todo: patria, casa, estabilidad, etc. Da un salto
en el vacío en obediencia a Dios. Confía absolutamente
en Dios. Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.
Dios le exigió mucho a Abraham, pero a la vez le promete que será
padre de un gran pueblo.
Y Abraham cree, a pesar de que todas las
circunstancias parecen contrarias a esta promesa. Por un lado,
su esposa Sara es estéril y él ya cuenta con 75 años
de edad para el momento de la promesa. Pero Abraham cree por encima de
las circunstancias humanas. Pasa el tiempo -pasa bastante tiempo- ¡pasan
24 años! desde que Dios le hizo su promesa a Abraham ... Ya Abraham
tiene 99 años, y Sara sigue estéril.
En esas condiciones y en ese momento tiene lugar
una visita del Señor a la tienda de Abraham. Y al final de la visita
el Señor le dice: Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo
de costumbre, Sara habrá tenido un hijo. Y así fue:
al año siguiente, a un hombre de 100 años y a una mujer
estéril de 90, les nace un hijo: Isaac, el hijo por el cual la
descendencia de Abraham será tan numerosa como las estrellas
del cielo y las arenas del mar, el hijo por el cual será Abraham
padre de un gran pueblo, padre de todos los creyentes.
Han sido 24 años de larga espera. Y cuando
lo que era difícil parecía ya imposible, Dios cumple su
promesa. La lógica de Dios es distinta a la lógica
humana. Los planes de Dios son diferentes a los planes de los hombres.
El tiempo de Dios es distinto al tiempo de los hombres. Los planes de
Dios no se realizan como el hombre quiere, sino como Dios quiere. Los
planes de Dios no se realizan tampoco cuando el hombre quiere o cree,
sino cuando Dios quiere.
A veces nos es más fácil hacer lo
que Dios quiere, que hacer las cosas cuando Dios quiere.
A veces nos es más fácil cumplir la Voluntad de
Dios, que tener la paciencia para esperar el momento en que Dios quiere
hacer su Voluntad.
Comienza a crecer el hijo de la promesa. Cuando ya todo parece estar estabilizado,
Dios interviene nuevamente para hacer una exigencia “ilógica”
a Abraham: le pide que tome a Isaac y que se lo ofrezca en sacrificio.
Este tal vez sea uno de los episodios más conmovedores de la Biblia.
Dios vuelve a exigirle todo.
Ahora le pide la entrega de lo que Dios mismo le
había dado como cumplimiento de su promesa: Isaac debe ser sacrificado.
Abraham obedece ciegamente, sin siquiera preguntar por qué. Sube
el monte del sacrificio para cumplir el más duro de los requerimientos
del Señor. Y en el momento que se dispone a sacrificar a su hijo,
Dios lo hace detener.
Dios requirió de Abraham una entrega total:
le pidió el todo. Abraham creyó, esperó
y obedeció. Así debe ser nuestra fe: inconmovible,
indubitable, sin cuestionamientos, confiada en los Planes y en la Voluntad
de Dios, dispuesta a dar el todo a Dios, que sabe exactamente lo que conviene
a cada uno.
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