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Con el Adviento comenzamos un nuevo Ciclo Litúrgico.
De ahí el titular, pues en la Liturgia de la Iglesia el año
no comienza el primero de Enero, sino el Primer Domingo de Adviento, que
suele caer en Diciembre.
El Adviento nos recuerda que estamos a la espera
del Salvador. Y las Lecturas de este tiempo nos invitan a ver la venida
del Señor de varias maneras:
Una es la venida del Señor a nuestro corazón,
otra es la celebración de la primera venida del Señor, cuando
nació hace más de dos mil años, y otra es la que se
refiere a la Parusía; es decir, a la venida gloriosa de Cristo
al final de los tiempos.
Respecto de la Segunda Venida de Cristo en gloria
es claro que a medida que avanza la historia, cada vez nos encontramos
más cerca de la Parusía. Por eso San Pablo en su Carta a
los Romanos nos hace caer en esa realidad: “ahora nuestra salvación
está más cerca que cuando empezamos a creer”.
Y, seguidamente nos invita a “despertar del sueño”
(Rom. 13, 11).
Y ¿en qué consiste ese sueño?
Consiste en que vivimos fuera de la realidad, tal como nos lo indica el
mismo Jesucristo en el Evangelio. Consiste en que vivimos a espaldas de
esa marcha inexorable de la humanidad hacia la Venida de Cristo en gloria.
Consiste en que vivimos como en los tiempos de Noé, cuando -como
nos dice el mismo Señor- “la gente comía, bebía
y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el
arca, y cuando menos lo esperaban sobrevino el diluvio y se llevó
a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del
hombre” (Mt. 24, 37-39).
Así vivimos nosotros los hombres y mujeres
de comienzos del siglo XXI: sin darnos cuenta de que -como dice el Evangelio-
“a la hora que menos pensemos, vendrá el Hijo del hombre”
(Mt. 24, 44).
Y, “a la hora que menos pensemos” -como
ha sucedido a tantos- podríamos morir, y recibir en ese mismo momento
nuestro respectivo “juicio particular”, por el que sabemos
si nuestra alma va al Cielo, al Purgatorio o al Infierno.
O podría ocurrirnos que -efectivamente-
tenga lugar la Segunda Venida de Cristo al final de los tiempos. Para
cualquiera de las dos circunstancias hemos de estar preparados, bien preparados.
Estar preparados nos lo pide el Señor siempre.
Pero el Adviento es un tiempo especial de preparación de nuestro
corazón para recibir al Señor. Las Lecturas de estos días
nos sugieren dejar el pecado y revestirnos de virtudes.
Sabemos que tenemos todas las gracias de parte
de Dios para esta preparación de nuestro corazón a la venida
de Cristo. Nuestra colaboración es sencilla: simplemente responder
a la gracia divina para ser revestidos con las armas de la luz,
como son: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la templanza,
el gozo, la paz, la paciencia, la comprensión de los demás,
la bondad y la fidelidad; la mansedumbre, la sencillez, la pobreza espiritual,
la niñez espiritual, etc.
Recordemos que el Hijo de Dios se hizo hombre y
nació en Belén hace ya más de dos mil años.
El está continuamente presente en cada ser humano con su Gracia
para “revestirnos de El” (Rom. 13, 14). El también
está continuamente presente en la historia de la humanidad para
guiarla hacia la Parusía, cuando El volverá de nuevo en
gloria “para juzgar a vivos y muertos”, como rezamos en el
Credo.
El Adviento es tiempo de preparación para
ese momento.
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