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Jesucristo define a su primo, San Juan Bautista
como un Profeta, agregando que es “más que un profeta”
(Mt. 11, 2-11). Esto fue cuando ya eran adultos -treinta años
de edad tenían ambos. Juan había ya anunciado al Mesías
que debía venir y había predicado la conversión y
el arrepentimiento, bautizando en el Jordán. Ya Juan había
caído preso por su denuncia del adulterio de Herodes. Paralelamente,
Jesús ya había comenzado su vida pública y, aparte
de su predicación, ya había realizado unos cuantos milagros,
por lo que su fama se iba extendiendo por toda la región.
Es así como, estando Juan en la cárcel,
oye hablar de las cosas que estaba haciendo Jesús. Queriendo, entonces
confirmar si era el Mesías esperado, San Juan Bautista mandó
a preguntarle si era El o si debían esperar a otro. Jesús
no respondió directamente, sino que ordenó que se informara
a Juan acerca de los milagros que estaba realizando: los ciegos ven, los
sordos oyen, los mudos hablan, los cojos andan ... San Juan Bautista ya
no necesitaba más información: enseguida debe haber identificado
a Jesús con las profecías del Profeta Isaías sobre
la actividad milagrosa del Mesías (cf. Is. 35, 4-6).
Sin embargo, por más que los milagros eran
algo muy impresionante y por más que ya estaban anunciados que
serían hechos por el Mesías esperado, la austeridad con
la cual Jesús se estaba manifestando al pueblo de Israel, contrastaba
con lo que la mayoría estaba esperando del Mesías. Y esto
podría defraudar a unos cuantos, pues la mayoría esperaban
un Mesías poderoso e imponente.
De allí que el Señor rematara el
mensaje para su primo el Precursor, con esta frase: “Dichoso
aquél que no se sienta defraudado por mí”. En
efecto, a muchos de su tiempo les pareció que Jesús no hacía
suficiente honor a su título de Salvador, pues como bien dijo San
Pablo posteriormente: “no hizo alarde de su categoría
de Dios” (Flp. 2, 6). En efecto, a pesar de ser ¡nada
menos que Dios! Jesús nos da ejemplo de una labor humilde y sencilla.
Y, a la vez, nos exige esa misma humildad y sencillez a nosotros.
Para ser humildes y sencillos como el Señor,
debemos ver en los milagros anunciados por el Profeta Isaías y
realizados por Jesús, los milagros que nuestro Redentor, puede
hacer en cada uno de nosotros, especialmente en este tiempo de Adviento.
¿Qué tiene que ver este mensaje del
Evangelio con este tiempo de preparación a la Navidad? Que debemos
prepararnos, como San Juan Bautista llamaba a la preparación para
la llegada del Mesías. Y la mejor preparación es dejarnos
sanar por Jesús que ya vino hace dos mil años y que continúa
estando presente en cada uno de nosotros con su Gracia. Aprovechemos todas
las gracias derramadas en este Adviento, para prepararnos a la llegada
del Mesías. Pidámosle que cure la ceguera de nuestra
oscuridad, para que podamos ver las circunstancias de nuestra
vida como El las ve. Pidámosle que cure la sordera de nuestro
ruido, para que podamos oír su Voz y seguirle sólo
a El. Pidámosle que cure nuestra mudez, para que
podamos proclamar su Palabra a todo el que quiera oírla. Pidámosle
que cure nuestra cojera y nuestra parálisis, para
que podamos andar por el camino que nos lleva al Cielo.
Así nos habremos preparado bien para recibirlo.
Así habremos aprovechado este Adviento. Que así sea.
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