![]() |
|||
|
Otra más de las paradójicas exigencias del Señor es el perdón a los que nos hacen daño. En efecto, enseguida de la también paradójica lista de las “Bienaventuranzas”, continuando con su “Sermón de la Montaña”, Jesús nos dice lo siguiente: “Amen a sus enemigos, hagan bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difamen”. (Lc. 6, 27-38) ¡Qué difícil es seguir esta máxima de Jesús! Siendo Dios y Hombre verdadero, El bien sabe que ante la crítica, la injusticia, los insultos y calumnias, la naturaleza humana herida como está por el pecado, automáticamente reacciona con sentimientos de rencor, de desquite … y hasta de venganza. Con todo y esto, la máxima que nos da el Señor no es un acto de heroísmo exigido sólo a los más santos, sino que es un deber “normal” de todo cristiano. Es así, entonces, como el perdón y el responder a la maldad con la bondad, es un deber ... no una opción. Más aún, es una exigencia que no nos es posible dejar de cumplir. Veamos por qué. En la oración que Jesús nos enseñó, el Padre Nuestro -y que todos rezamos o hemos rezado alguna vez- está la frase que nos demuestra que el perdón es un deber ineludible: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt. 6, 12). Tan importante es este intercambio de perdones (el de Dios a nosotros y el de nosotros a los demás) que es la única frase del Padre Nuestro que Jesús nos explica -por si no la entendemos bien. Así nos dice: “Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6, 14). ¿Nos damos cuenta de lo necesitados que estamos del perdón de Dios? ¡Cuántas veces lo hemos ofendido y continuamos ofendiéndole! Sin embargo, El es Padre misericordioso y su Misericordia es infinita -como lo son todas sus cualidades. Y nos pide a nosotros: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc. 6, 27-38). Reflexionar sobre la Misericordia de Dios puede ayudarnos a ir aprendiendo a ser misericordiosos, es decir, a aprender a cambiar el deseo de venganza por la disposición a perdonar, la intención de desquite por el deseo de comprender, la ira por la cordialidad, el resentimiento por la magnanimidad. Y ¿cómo es esa Misericordia Divina que debemos imitar? Es tan grande como grandes son nuestras faltas para con Dios. Tan grande que nunca, nunca nos rechaza por nuestros rechazos a El, ni por nuestras ofensas contra El, ni por nuestros insultos e injustas protestas … ni siquiera por la gravedad de la falta. Nunca nos reclama nuestras recaídas. Nunca nos echa en cara el habernos perdonado una y otra vez. En fin, nunca se cansa de perdonar, sino que se alegra cada vez que, arrepentidos, lo buscamos para recibir su perdón. Pero ¡ojo!: Cierto que la Misericordia de Dios es infinita. Pero requiere una sola cosa: nuestro arrepentimiento cada vez que le ofendamos, por lo que no podemos andar confiando en la Misericordia Divina, de manera ingenua y presuntuosa, es decir, confiando en ella mientras vivimos en pecado, alejados de Dios y de espaldas a El, creyendo que la muerte –sea cual fuere la situación de nuestra alma- es como un pasaje directo a la salvación porque –como se oye decir con frecuencia de parte de muchos- “Dios es infinitamente misericordioso”. Sí lo es … pero con el pecador arrepentido, no con el pecador empecinado en el pecado. |
|||
¿Cómo es posible hacer el bien a quien nos hace daño? |
|||
![]() |
|||