¿EN QUE CONSISTE LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA?

Celebramos este año nuevamente la Fiesta de la Divina Misericordia, el Segundo Domingo de Pascua, en el cual se nos narra la primera aparición de Jesús a sus Apóstoles el mismo día de su resurrección, al anochecer, mientras estaban a puertas cerradas. (Jn. 20, 19-31)

Y nos dice San Juan Evangelista que, acto seguido, el Señor “sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar’”.

Es decir, Cristo, al no más salir del sepulcro, habiendo vencido a la muerte, al demonio y al pecado, lo primero que hace es dejarnos a nosotros los seres humanos, el medio efectivo para ser perdonados de nuestros pecados. Instituye en ese mismo momento el Sacramento de la Confesión, el Sacramento del Perdón.

Esta es una Fiesta nueva en la Iglesia, que tiene la particularidad de haber sido solicitada por el mismo Jesucristo a través de la Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca del siglo 20, quien murió en 1938 a los 33 años de edad y quien fuera canonizada precisamente en esta Fiesta de la Divina Misericordia del año 2000. Es una Fiesta instaurada oficialmente por Juan Pablo II a partir del 2001, en respuesta a la solicitud del mismo Cristo a Santa Faustina.

Y ¿qué tiene de importante esta Fiesta? Para esta Fiesta Jesucristo nos llama a acogernos a su Misericordia con tres solicitudes: arrepentirnos y confesarnos dentro de la semana anterior a la Fiesta; comulgar el día de la Fiesta y a ser nosotros mismos misericordiosos, realizando algún acto de misericordia.

Con motivo de este Evangelio y de la Fiesta de la Divina Misericordia, veamos qué nos ha dicho el Señor sobre la Confesión a través de Santa Faustina Kowalska: “Cuando vayas a confesar debes saber que Yo mismo te espero en el Confesionario, sólo que estoy oculto en el Sacerdote. Pero Yo mismo actúo en el alma. Aquí la miseria del alma se encuentra con Dios de la Misericordia. Llama a la Confesión Tribunal de la Misericordia. Y para acogerse a El no nos pide grandes cosas: sólo basta acercarse con fe a los pies de mi representante (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria ... Aunque el alma fuera como un cadáver descomponiéndose (es decir, muerta y descompuesta por el pecado) y que pareciera estuviese todo ya perdido, para Dios no es así ... ¡Oh! ¡Cuán infelices son los que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia!”

Veamos qué nos ha dicho el Señor sobre la Fiesta de hoy: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores ... Ese día derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas ... Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (o sea, muy graves o muy feos).

Con este ofrecimiento del Señor para el día de la Fiesta de la Divina Misericordia, quien verdadera y completamente arrepentido se confiese y también comulgue, y realice además algún acto de misericordia, queda como si se acabara de bautizar, totalmente purificado de toda culpa, como si no hubiera cometido nunca ningún pecado. Es el abismo insondable de la Misericordia Infinita de Dios, que no desea la muerte de nosotros, pecadores, sino que nos convirtamos y vivamos para la Vida Eterna, la que nos espera después de esta vida terrenal que ahora vivimos.
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¿Por qué hay que confesarse
con un Sacerdote que es un hombre como cualquier otro?
¿No basta pedir perdón a Dios?
¿Hay pecados sin perdón?


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