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Abraham es nuestro padre en la fe. Su característica
principal fue una fe indubitable, una fe inconmovible, una fe a toda prueba
... y una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega
a la Voluntad de Dios. Por eso y por una escogencia especial del Señor,
a Abraham se le conoce como el padre de todos los creyentes.
A Abraham Dios comenzó pidiéndole
que dejara todo: Vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre
(Gen. 12, 1-4). Y sale sin saber a dónde va. Ante la orden del
Señor, Abraham cumple ciegamente. Va a una tierra que no sabe dónde
queda y no sabe siquiera cómo se llama. Deja todo, renuncia a todo:
patria, casa, estabilidad, etc. Da un salto en el vacío en obediencia
a Dios. Confía absolutamente en Dios. Abraham sabe que su vida
la rige Dios, y no él mismo. Dios le exigió mucho a Abraham,
pero a la vez le promete que será padre de un gran pueblo.
Y Abraham cree, a pesar de que todas las circunstancias parecen contrarias
a esta promesa. Así, como para Dios no hay imposible, a un hombre
de 100 años y a una mujer estéril de 90, les nace un hijo:
Isaac, el hijo por el cual la descendencia de Abraham será tan
numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar, el hijo por
el cual será Abraham padre de un gran pueblo, padre de todos los
creyentes.
Sin embargo, comienza a crecer Isaac, el hijo de
la promesa. Cuando ya todo parece estar estabilizado, Dios interviene
nuevamente para hacer una exigencia “ilógica” a Abraham:
le pide que tome a Isaac y que se lo ofrezca en sacrificio. Este tal vez
sea uno de los episodios más conmovedores de la Biblia (Gen. 22,
1-2.9-18). Dios vuelve a exigirle todo a Abraham. Ahora le pide la entrega
de lo que Dios mismo le había dado como cumplimiento de su promesa:
Isaac debe ser sacrificado. Abraham obedece ciegamente, sin siquiera preguntar
por qué. Sube el monte del sacrificio para cumplir el más
duro de los requerimientos del Señor. Y en el momento que se dispone
a sacrificar a su hijo, Dios lo hace detener.
Dios requirió de Abraham una entrega total:
le pidió el todo. Abraham creyó, esperó y obedeció.
Así debe ser nuestra fe: inconmovible, indubitable, sin cuestionamientos,
confiada en los planes y en la Voluntad de Dios, dispuesta a dar el todo
a Dios, que sabe exactamente lo que conviene a cada uno. Una fe ciega.
Abraham respondió a un Dios desconocido
para él -pues Abraham pertenecía a una tribu idólatra.
Pero nosotros hemos conocido la gloria de Dios, que fue experimentada
por los Apóstoles después de la Resurrección del
Señor, pero aún antes, en los momentos de su Transfiguración
ante Pedro, Santiago y Juan. Jesucristo lleva a estos tres Apóstoles
al Monte Tabor y allí les muestra el fulgor de su divinidad. (Mc.
9, 2-10)
Recordemos que la resurrección y la gloria
del Cielo es la meta de todo cristiano. Esa gloria nos la muestra Jesús
con su Transfiguración. Tan bello y agradable era lo que vivieron
los Apóstoles en esos momentos, que Pedro le propuso al Señor
hacer tres tiendas, para quedarse allí. “¡Señor,
qué bueno sería quedarnos aquí”, exclama San
Pedro. Así de agradable y de atractiva es la gloria del Cielo,
en la que provoca quedarse allí para siempre. Y eso precisamente
nos lo ha prometido el Señor: nos ha prometido la felicidad total
y absoluta, para siempre, siempre, siempre. Ese es el gozo del Cielo,
que los Apóstoles pudieron vislumbrar en los breves instantes de
la Transfiguración del Señor. Ese es el gozo que podremos
tener si, como Abraham, nos entregamos enteramente a Dios y a su Voluntad.
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