|
Un buen conocedor de la Ley le preguntó
una vez a Jesús cuál es el primero de los mandamientos.
En su respuesta Jesús le recordó el texto que los judíos
repetían dos veces al día como plegaria de la mañana
y de la tarde, texto que comienza con la palabra: “Escucha”
(Dt. 6, 2-6) y continúa con el mandato: “Amarás
al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma,
con todas tus fuerzas”.
Pero no se queda allí el Señor, sino
que le da un toque nuevo a este precepto, agregando que hay un segundo
mandamiento también: “Amarás a tu prójimo
como a ti mismo”. Con esta novedad complementaria del precepto
antiguo, Jesús está cumpliendo lo que había dicho
al comienzo de su predicación, en el Sermón de la Montaña,
sobre la Ley de Moisés, cuando advirtió que no la eliminaría,
sino que la completaría, dándole la forma final. (cf.
Mt. 5, 17).
Nos dice el Evangelio que al concluir el diálogo
Jesús encontró muy razonables los planteamientos del letrado,
por lo que terminó con esta lisonja: “No estás
lejos del Reino de Dios” (Mc. 12, 28-34).
Ahora bien, ¿por qué el precepto
antiguo comienza con la palabra “escucha”? ¿Por
qué la oración judía comienza también con
esa palabra? “Escucha” es una invitación a
meditar el precepto del Señor, para vivir de acuerdo a ese precepto.
No es casual que el mandato que Yahvé dio a Moisés comience
con esa orden de “escuchar”. Porque para hacer vida la Palabra
de Dios y sus mandatos no basta hablar y pedir, sino que hay que escuchar.
Hay que escuchar a Dios. Es necesario orar, escuchando, para poder dejar
que la Palabra de Dios penetre y se haga vida en nosotros, para poder
ir haciendo la Voluntad de Dios en cada instante de nuestra vida, no importen
las circunstancias.
Es tan importante esto de orar escuchando, para
poder hacer la Voluntad de Dios, que Jesús mismo nos advierte:
“No es el que me dice ¡Señor! ¡Señor!
el que entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre del Cielo” (Mt. 7, 21).
El letrado que había hecho la pregunta a
Jesús no podía dejar de estar de acuerdo con El, pero no
se queda en la coincidencia. Era buen conocedor de las escrituras, porque
agrega que el amar a Dios y el amar al prójimo como a uno mismo,
“vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.
Con esto recordaba palabras de los antiguos Profetas: “A
Yahvé no le agradan los holocaustos y sacrificios, sino que se
escuche su voz.” (1 Sam. 15, 22). “Misericordia quiero y no
sacrificios” (Os. 6, 3-6).
¿Cómo es esto? ¿Es que Dios
no quiere nuestros sacrificios? No significa esto que Dios no desea nuestras
ofrendas, sino que primero y ante todo desea que lo amemos a El sinceramente
y que amemos a nuestros hermanos, como El nos ama. De allí que
nos haya hecho también esta exigente advertencia: “Si
al presentar tu ofrenda en el altar, te recuerdas que un hermano tuyo
tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ahí ante el altar,
anda primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar
tu ofrenda” (Mt. 5, 23-24).
Si amamos así a Dios “con todo
el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas”, poniendo
a Dios primero que todo y primero que todos, y si amamos a nuestros hermanos
“como a nosotros mismos”, tratándolos como deseamos
ser nosotros tratados, haciéndoles el bien, reconciliándonos
cada vez que sea necesario, perdonando aunque seamos ofendidos, Jesús
nos dirá también que “no estamos lejos del Reino de
Dios”. |