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Cristo no vino a abolir la Ley Antigua por la
que se guiaba el pueblo de Israel, sino a perfeccionarla y darle forma
definitiva. Y en esa renovación que hizo de la Ley, introdujo novedades.
A esta novedad se refiere el Señor cuando nos dice en el Evangelio
que “nadie pone un parche de tela nueva a un vestido viejo ...
ni nadie echa vino nuevo en odres viejos” (Mc. 2, 18-22).
Cristo no vino a poner remiendos, sino a hacer
renovaciones de fondo. Cristo vino a hacer “algo nuevo”. Cristo
vino a renovarnos desde nuestra raíz a todos y cada uno de nosotros
los seres humanos.
Y ... ¿cuál es nuestra raíz?
Lamentablemente, nuestra raíz es el pecado original. En efecto,
la naturaleza humana que salió de las manos de Dios Creador era
perfectísima, pero el pecado de nuestros primeros progenitores,
Adán y Eva, desequilibró esa creación perfecta hecha
por Dios, colocándonos a cada uno de los seres humanos “un
peso en el ala” -como dice la expresión popular. Antes del
pecado original, el ser humano tenía una inclinación natural
a hacer el bien. “El peso en el ala” consiste en que, esa
inclinación hacia el bien quedó bastante disminuida, y,
además, quedaron aumentados los obstáculos y dificultades
para la práctica de las virtudes.
Cristo, entonces, con su obra salvadora, vino a
cambiar de raíz nuestra situación. Cristo vino a hacer “algo
nuevo”. Cristo vino a hacernos hombres y mujeres “nuevos”.
Por eso no quiere remiendos viejos para nuestras ropas, ni vasos viejos
para su Gracia. Quiere darnos vestiduras nuevas y quiere que seamos vasos
nuevos donde depositar su Gracia. Cristo vino a transformarnos de raíz.
Y esto puede darse sólo si nosotros nos dejamos transformar por
El.
De allí que, basado en diversos pasajes
de la Escritura, bien dice el canto popular: “Yo quiero ser, Señor
amado, como el barro en manos del alfarero; toma mi vida, hazla de nuevo,
yo quiero ser un vaso nuevo”. (cfr. Jer. 18, 2; Sal. 2, 8-9;
Ap. 2, 27).
Y renovándonos a cada uno de nosotros los
seres humanos, Cristo renovará la humanidad entera, cuando venga
a establecer su Reino definitivo al final de la historia. Si Cristo en
su venida histórica hace dos mil años, no vino a hacer “remiendos”,
sino a establecer una Nueva Alianza con su pueblo, ¡cómo
será la renovación que vendrá a hacer al final de
los tiempos!
“Yo te desposaré en la fidelidad
y entonces tú conocerás al Señor” (Os. 2, 16-22).
La profecía de Oseas, en la que Dios usa el lenguaje del amor conyugal
para hacernos comprensible el nuevo pacto de amor que El quiere celebrar
con nosotros, vemos a Dios presentándosenos como el Esposo fiel,
mientras a nosotros (su pueblo, su Iglesia) nos compara con la esposa
que le ha sido infiel. “Yo conduciré a mi esposa infiel
al desierto y le hablaré al corazón. Ella me responderá
allá, como cuando era joven ... Yo la desposaré conmigo
para siempre.”
Estamos en tiempo de desierto; estamos sin el Novio,
mientras esperamos su venida definitiva, cuando nos desposará para
siempre, para toda la eternidad. De allí que ahora nos toque ayunar,
orar y esperar con esperanza firme. El Reino de Dios ciertamente ha comenzado
aquí en la tierra con la primera venida de Cristo, pero llegará
a la plenitud después de su segunda venida, cuando venga a “renovar
la faz de la tierra” (Sal. 103, 30) y a establecer “el
cielo nuevo y la tierra nueva” (Ap. 21, 1).
En ese momento ya habremos sido renovados de raíz,
ya no existirá más el pecado, ni las consecuencias del pecado,
sino que aquéllos que nos hayamos dejado renovar de raíz,
estaremos unidos para siempre con el Esposo. “Nos uniremos en
la justicia y la rectitud, en el amor constante y la ternura”. Así
sea.
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