EL MAS GRANDE DE LOS MILAGROS

Memorial. Re-actualización. Hacer presente. Son todas palabras que definen lo que realmente sucede en la Santa Misa, “el más grande de los milagros”, como lo proclamó el Papa Juan Pablo II en una de sus Catequesis sobre la Eucaristía.

Y ¿qué se re-actualiza o se hace presente en la Misa? Nada menos que el sacrificio de Jesucristo en la cruz: su muerte para salvación de todos. El sacrificio de Cristo fue anunciado desde el Antiguo Testamento, sucedió hace 2008 años menos 33 (hace 1975 años) y se nos hace presente en cada Eucaristía celebrada en cada altar de la tierra. ¡Gran milagro!

“El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento”, anunciaba el Profeta Isaías. “Cuando entregue su vida como expiación ... con sus sufrimientos justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos” (Is. 53, 10-11).

En efecto, “Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos”, nos dice el Evangelio (Mc. 10, 35-45).

A la luz de lo que Cristo ha hecho por nosotros, cabe pensar cómo aceptamos nosotros el sufrimiento. Y también recordar cómo recibieron los Apóstoles el anuncio de la pasión y muerte del Mesías. Es insólito ver la reacción de éstos ... y más insólito aún pensar en nuestras reacciones al sufrimiento.

Aproximándose Jesús con sus discípulos a Jerusalén, le anuncia por tercera vez su Pasión. (cfr. Mc. 10, 32-34). Ahora bien, lo insólito está en observar que enseguida de este patético, pero también esperanzador anuncio -pues lo cierra el Señor asegurándoles que a los tres días resucitará- los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, los más cercanos a Jesús además de Pedro, parecen no le darle importancia a lo anunciado y le piden -¡nada menos!- estar sentados “uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Poder y gloria. Posiciones y reconocimiento.

¡Cómo somos los seres humanos! Evadimos la idea misma del sufrimiento y pensamos más bien en los honores, en los puestos, en el poder. De allí la respuesta de Jesús: el que quiera tener parte en la gloria, deberá pasar por la dura prueba del sufrimiento. Y les pregunta si están dispuestos. No habían siquiera comenzado a comprender el misterio de la cruz, pero ambos, Santiago y Juan, responden que sí están dispuestos. No sabían lo que decían, pero su respuesta fue “profética”, pues a medida que fueron comprendiendo el misterio del seguimiento a Cristo, supieron sufrir y morir por El. Pero primero tuvieron que renunciar a ser los primeros, para convertirse en servidores, como su Maestro.

En el seguimiento a Cristo no hay puestos, ni competencias, ni comparaciones, ni pre-eminencias, ni ambiciones, ni afán de honores, de glorias, de triunfos. El que quiera ser grande, que se humille. El que quiera ser primero, que sirva. El que quiera sobresalir, que desaparezca.

Jesús nos da el ejemplo. El, siendo Dios, el Ser Supremo, ha venido “a servir y a dar su vida por la salvación de todos”. Es lo que se nos hace presente en cada Eucaristía. Es lo que cada uno de nosotros debe hacer presente en su vida: servir, aún en el sufrimiento, en la cruz de cada día, en la muerte, para la salvación propia y de otros.

Bien integraba estos dos temas de la honra y el sufrimiento, Santa Teresa de Jesús, con su usual sentido común y profundidad espiritual: “¡Oh Señor mío! Cuando pienso de qué maneras padecisteis y como no lo merecíais, no sé dónde tuve el seso cuando no deseaba padecer ... ¿En qué estuvo vuestra honra, Honrador nuestro? No la perdisteis, por cierto, en ser humillado hasta la muerte. No, Señor, sino que la ganasteis para todos” (Camino, 15, 5; 36,5).

Nuestra honra no está en las honras pasajeras de los reconocimientos humanos. Nuestra honra está en la gloria eterna, la cual ha ganado para todos con su muerte y resurrección, Jesucristo, nuestro Salvador.

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