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Varias veces la Sagrada Escritura nos pone como
ejemplos a mujeres viudas. Hay el caso de dos de ellas que nos las presenta
el Señor como modelos de generosidad extrema: la viuda de Sarepta
en tiempos del Profeta Elías (1 R 17, 10-16) y la viuda
pobre a quien Jesús observó dando limosna en el Templo (Mc.
12, 38-44).
El caso de la primera viuda, la de Sarepta, es
impresionante. Tal vez no había pasado tanta necesidad antes esta
mujer, pero la sequía y la hambruna del momento la habían
colocado en una posición de pobreza extrema: le quedaba sólo
“un puñado de harina y un poco de aceite”.
Pero Dios le envía al Profeta Elías para pedirle pan y ella
le explica su delicada situación así: con esto que me queda
“voy a preparar un pan para mí y para mi hijo; nos lo
comeremos y luego moriremos”. Ya no tenía más
nada para comer. Era lo último que le quedaba.
Pero ¿qué hace Dios? Le habla por
boca del Profeta, quien le ordena compartir con él lo poquísimo
que le queda: cocinar primero un pan para él y luego uno para ella
y su hijo. Y esa orden queda sellada con unas palabras proféticas:
“La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite
no se agotará”. Y la viuda cumple la petición
de Elías y, a pesar de ser pagana, cree en la palabra que Dios
le envía a través del Profeta.
¡Qué fe y qué confianza tuvo
esta mujer! Por eso “tal como había dicho el Señor
por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina
se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.
¡Qué generosidad la de esta mujer!
Si nos ponemos a ver, un pancito no es mucha cosa. Pero cuando es lo último
que a uno le queda, puede ser mucho ... ¡demasiado!
Lo mismo sucedió con la segunda viuda: dio
de lo último que le quedaba. Nos cuenta el Evangelio que Jesús
se puso a observar a la gente que echaba limosnas en el Templo. “Muchos
ricos daban en abundancia. En esto se acercó una viuda pobre y
echó dos moneditas de muy poco valor”. Y Jesús
no sólo observó, sino que le dio una enseñanza a
sus discípulos: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha
echado en la alcancía más que todos. Porque los demás
han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha
echado todo lo que tenía para vivir”.
Lo mismo que el pancito de la de Sarepta, estas
dos moneditas era lo último que le quedaba a la de Jerusalén.
La generosidad la mide el Señor no porque lo que se dé sea
mucho, sino por cuánto significa lo que se da. La limosna a los
ojos de Dios tiene un valor relativo: de cuánto nos estamos desprendiendo
y con qué confianza lo entregamos. La limosna implica darse uno
mismo.
Y no nos damos a nosotros mismos, sin renuncia,
sin privarnos de algo que necesitamos.
Dar limosna puede ser un acto de mera filantropía,
que no es lo mismo que la caridad cristiana. Es lo que hacían los
ricos que estaba también observando Jesús. Y a éstos
no los elogió, sino que los criticó duramente. Y los criticó
no sólo porque daban de su abundancia, sino porque esa abundancia
de que disfrutaban la obtenían nada menos que explotando a viudas
y huérfanos. ¡Tremendo contraste nos traen estas lecturas:
dos viudas generosísimas y unos ricos explotadores de viudas y
huérfanos!
Enseñanzas exigentes podemos extraer: que
nuestra caridad no sea mera filantropía; que nuestra limosna no
provenga de nuestra abundancia; y ¡por supuesto! que no osemos explotar
a nadie.
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