desaparecer

.San Juan Bautista preparaba al mundo de su época y de su región para el momento de la revelación de Jesucristo, el Mesías prometido, esperado por el pueblo de Israel.

En esa preparación del camino del Mesías, San Juan Bautista predicaba, bautizaba y, además, tenía algunos discípulos.

Hace poco vimos a San Juan Bautista haciéndonos esta bellísima revelación: “Yo no lo conocía (a Jesús, el Mesías prometido), pero Dios, que me envió a bautizar con agua, me dijo también: ‘Verás al Espíritu bajar sobre aquél que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él. Pues bien, ¡Y yo lo he visto! Por eso puedo decir que éste es el Hijo de Dios” (Jn. 1, 33-42).

Nos dice el Evangelio que, al día siguiente de esta confesión, estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos: Andrés y Juan. Y al ver que Jesús iba pasando, les dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Cuando los dos discípulos oyeron a San Juan Bautista identificar a Jesús como el Mesías tan esperado por el pueblo de Israel y muy especialmente por aquéllos que el Precursor del Señor preparaba para su venida, inmediatamente siguieron a Jesús.

La actitud del Precursor no puede ser más elocuente: San Juan Bautista muestra el Mesías a sus seguidores y él mismo desaparece.

¿Cuál es la enseñanza de este episodio? En el apostolado y en la evangelización, nosotros debemos mostrar continuamente a Jesús y no podemos estar mostrándonos a nosotros mismos. ¿Qué significa esto? Significa que para ser reales portadores y mostradores de Jesús debemos, como el Bautista, desaparecer también nosotros.

En las actividades religiosas corremos el riesgo de querer lucirnos, de buscar poder, de pretender ser apreciados por lo que hacemos. Pero la enseñanza de San Juan Bautista es muy importante: debemos disminuir para que el Señor crezca; debemos opacarnos para que el Señor brille; debemos desaparecer para que el Señor se muestre.

Así otros podrán reconocer a Jesús como el Salvador y seguirlo como lo siguieron Juan y Andrés. Ellos ni lo pensaron. Enseguida comenzaron a caminar detrás de Jesús. Y éste, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscan?” Ellos quieren conocer al Mesías y El les pregunta sobre sus intenciones, porque de nada vale seguir al Mesías si no estamos dispuestos a entregarnos a El del todo.

Ellos le preguntan: “¿Dónde vives?” En realidad querían saber dónde buscarlo, cómo reunirse con El, cómo conseguirlo en un momento posterior. Pero Jesús los sorprende, pues de una vez los invita a venir. Nos dice en su Evangelio uno de estos dos discípulos, Juan, que eso sucedió a las cuatro de la tarde y que se quedaron con Jesús el resto del día.

¡Qué emoción la de estos dos jóvenes! Ya no era otro hablándoles del Mesías: era El mismo hablándoles y enseñándoles.

Y luego ellos hacen lo mismo que San Juan Bautista. Andrés fue a buscar a su hermano Simón y le informa que han encontrado al Mesías. Y lleva a Pedro a donde Jesús.

Notemos la cadena: Juan Bautista lleva a Juan y a Andrés a Jesús. Andrés lleva a Pedro. Y así sucesivamente. En esto consiste el apostolado y la evangelización. Unos llevamos a otros a Jesús. Pero para hacer esto, recordemos la enseñanza del Bautista: disminuir, opacarnos, desaparecer ... para que Jesús se muestre.

¿Por qué Cristo es el Cordero?


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