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El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu
de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu
del Padre. El es la presencia de Dios en medio de nosotros los hombres:
“Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo” (Mt. 28, 20).
Sin embargo, se ha comparado el Espíritu
Santo con la brisa y con el fuego. Porque, en efecto, El es como una suave
brisa que sopla donde quiere (Jn. 3, 8). Ahora bien, si el Espíritu
Santo es la brisa, nosotros debemos ser como las velas de una barca, siempre
en posición de ser movidos por esa brisa; es decir, debemos ser
perceptivos a las inspiraciones del Espíritu Santo y dóciles
a éstas, para poder navegar por esta vida guiados por El hacia
nuestra meta definitiva.
El Espíritu Santo es también el fuego
que ardía en el corazón de los peregrinos de Emaús,
mientras oían hablar a Jesús resucitado (Lc. 24, 32).
Y es el fuego que descendió a los discípulos reunidos en
torno a la Santísima Virgen el día de Pentecostés
(Hech. 2, 3).
El Espíritu Santo nos asiste a cada uno
de nosotros en nuestro peregrinar a la meta a que hemos sido llamados:
el Cielo prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad de Dios.
Al Espíritu Santo se le atribuyen muchas funciones para con nosotros
los hombres, siendo tal vez la principal, la de nuestra santificación.
Es el quien, con sus suaves inspiraciones, nos va sugiriendo cómo
transitar por el camino de la santidad.
El Espíritu Santo es el Espíritu
de la Verdad. Así nos dijo Jesucristo: “Tengo muchas
cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora.
Pero cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, el los llevará
a la verdad plena ... El les enseñará todas las cosas y
les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y
14, 26). Así que es el Espíritu Santo quien nos lleva
a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva
a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad: nos lleva
a la Verdad plena.
En Pentecostés conmemoramos la Venida del
Espíritu Santo a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu
de Verdad se derrame en cada uno de nosotros, que formamos parte de la
Iglesia.
¿Cómo fue esa primera venida del
Espíritu Santo? Los Apóstoles se habían visto privados
de la presencia sensible del Señor cuando El subió a los
cielos en su Ascensión. En los cuarenta días que transcurrieron
entre su Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado
estuvo apareciéndoseles para fortalecerlos en la fe. Con su partida,
debieron continuar su camino y la misión que les había encomendado,
en fe pura, acompañados y conducidos por el Espíritu Santo.
Antes de Pentecostés vemos a los Apóstoles
temerosos y tímidos, torpes para comprender las Escrituras y las
enseñanzas de Jesús. Pero luego de recibir el Espíritu
Santo en Pentecostés, cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar
sin ningún temor y llenos de sabiduría divina, se les soltaron
las lenguas con un nuevo poder de lenguaje dado por el Espíritu
Santo, llamando a todos a la conversión, bautizando a los que acogían
el mensaje de Jesucristo Salvador. Forman discípulos y comunidades,
asisten a los necesitados ... sufren persecuciones, llegando hasta el
martirio.
¿Cómo pudo suceder todo esto? El
protagonista fue el Espíritu Santo. Pero ... ¿qué
hacían los Apóstoles antes de Pentecostés? “Todos
ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ...
en compañía de María, la Madre de Jesús ...
Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech.
1, 12-14 y 2, 46).
El secreto de la acción del Espíritu
Santo en nosotros y a través de nosotros está en la oración:
oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima
Virgen María. ¡Ven, Espíritu Santo!
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