TRANSFIGURACION Y PARUSIA

La Transfiguración de Jesús ante tres de sus discípulos está íntimamente ligada a la “parusía” o segunda venida de Cristo. En efecto, es lo que nos dice la oración colecta de la Misa de esta gran fiesta: “nos dejaste entrever la gloria que nos espera como hijos tuyos; concédenos seguir el Evangelio de Cristo, para compartir la herencia de tu reino”.

Jesús se mostró con el esplendor de su divinidad en el Monte Tabor a Pedro, Santiago y Juan. Y tal fue el agrado de éstos al ser testigos de la gloria del Señor, que el mejor testimonio lo da San Pedro: “Maestro ¡qué a gusto se está aquí! Hagamos tres tiendas “. Era ¡tan bello! lo que veían; era ¡tan agradable! lo que sentían, que querían quedarse allí, extasiados en la presencia divinizada del Maestro.

Esa gloria que nos refiere el Evangelio sobre este episodio, es la gloria que veremos y que viviremos cuando ese mismo Jesús vuelva con todo el esplendor y el poder de su divinidad en la parusía. Y esa gloria será nuestra si aquí en la tierra nos hemos ocupado de buscar y de cumplir la Voluntad de Dios.

Quien responde la proposición de San Pedro es el Padre. Nos cuenta el Evangelio (Mc. 9, 2-10) que “se formó, entonces, una nube que los cubrió con su sombra y de esta nube salió una voz que decía: ‘Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.

Es decir, ante la petición de quedarse en la admiración y el gozo de la divinidad de Cristo, el Padre nos pide “escuchar” a su Hijo. Y ¿qué nos dice el Hijo? Resumido el Evangelio, el mensaje de Cristo se centra en el seguimiento de la Voluntad del Padre.

San Pedro hace referencia personal de la experiencia de la Transfiguración en una de sus cartas (2 Pe 1, 16-19). Y la menciona precisamente para dar fuerza a su anuncio de la segunda venida de Cristo: “Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestro propios ojos en toda su grandeza”.

Es así como el Apóstol compara la gloria que veremos en la segunda venida de Cristo con la gloria que él vió y gozó en la Transfiguración. Ahora bien, ¿por qué es importante destacar esto? Por el engaño con que vendrán los que quieran hacerse pasar por “cristos”.

He aquí lo que Jesús nos anunció al respecto: “Se presentarán falsos cristos y falsos profetas, que harán cosas maravillosas y prodigios capaces de engañar a los mismos elegidos de Dios. ¡Miren que se los he advertido de antemano! ... Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, será como el relámpago que parte del oriente y brilla hasta el poniente” (Mt. 24, 23-28).

Los falsos cristos y falsos profetas no podrán venir como vendrá Jesucristo en la parusía, pues jamás podrán lucir la gloria de la Transfiguración, que vieron los Apóstoles en el Monte Tabor. Podrán realizar grandes prodigios y engañarán a muchos de los que “no quisieron creer en la Verdad y prefirieron quedarse en la maldad” (2 Tes. 2, 11). Pero ni los falsos “cristos” ni el mismo “anti-cristo” podrá mostrar el fulgor y el poder de la divinidad que Cristo, el verdadero Mesías, nos mostrará cuando, como rezamos en el Credo, “venga con gloria para juzgar a vivos y muertos”.

San Pedro, al hablarnos de la parusía en esta segunda carta, también apoya su testimonio “en la firmísima palabra de los profetas”. Sin duda se refiere San Pedro sobre todo al Profeta Daniel, (Dn. 7, 9-10. 13-14), que nos habla así de la segunda venida de Cristo: “Vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo ... Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas le servían. Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido”.

Y a los que cumplamos la Voluntad de Dios aquí en la tierra también nos espera la gloria de la Transfiguración en ése, su Reino, que no tendrá fin.
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