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Cuando Jesús habló a los discípulos sobre la indisolubilidad del Matrimonio, éstos le respondieron: “Si ésa es la condición del hombre con la mujer, más vale no casarse” (Mt. 19, 1-12; Mc. 10, 2-12). Los problemas matrimoniales no son de nuestra época solamente. Lo muestra la enseñanza del Señor y lo corrobora una curiosa expresión de San Pablo: “Si te casas, no haces mal. Sin embargo, los que se casan sufren en esta vida muchas tribulaciones, que yo quisiera evitarles” (1 Cor. 7, 27-28). “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”, nos dice el Señor. Y el Catecismo de la Iglesia Católica comenta que esta insistencia inequívoca del Señor sobre la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable, como de hecho vemos sucedió con los discípulos. Sin embargo, continúa el Catecismo, “Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica #1614 y 1615). La Iglesia comprende la situación de exigencia para los esposos cristianos, y al explicar cómo el matrimonio se encuentra bajo la esclavitud del pecado, nos dice: “Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura” (#1606). Entonces “puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello ... los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio (de fidelidad), con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial” (#1648). “Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios, ni son libres para contraer una nueva unión” (#1649). “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio” Mc. 10, 11-12). “La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo, que no puede reconocer como válida una nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación ... La reconciliación mediante el sacramento de la Penitencia no puede ser concedida más que a aquéllos ... que se comprometan a vivir en total continencia” (#1650). “Respecto de los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que no se consideren como separados de la Iglesia: Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el Sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios” (#1651). Lo más reciente sobre el tema del Matrimonio y el Divorcio viene en un documento del Vaticano “La Pastoral de los Divorciados”, Recomendaciones del Pontificio Consejo para la Familia (14-3-1997), del cual extraemos algunas citas sueltas de mucha importancia: “Es preciso hacer todo lo posible para llegar a una reconciliación … Conviene ayudarles a tomar en cuenta la posible nulidad de su matrimonio … La Iglesia, fiel a la enseñanza de nuestro Señor (ver Mc. 10, 2-9), no puede expresar signo alguno, ni público, ni privado, que significara una especie de legitimación de la nueva unión.” Entre las sugerencias a los Obispos: “Exhortar y ayudar a los divorciados que han quedado solos a ser fieles al Sacramento de su Matrimonio (ver Familiaris consortio 83) … Invitar a los divorciados que han pasado a una nueva unión a reconocer su situación irregular, que implica un estado de pecado y a pedir a Dios la gracia de una verdadera conversión … comenzar inmediatamente un camino hacia Cristo, único que puede poner fin a esa situación: mediante un diálogo de fe con la persona con quien convive, para un progreso común hacia la conversión, exigido por el Bautismo, y sobre todo mediante la oración y la participación en las celebraciones litúrgicas, pero sin olvidar que, por ser divorciados vueltos a casar, no pueden recibir los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía” Recordemos que el Matrimonio es un camino de santidad
y, como tal, tiene sus exigencias y cruces. De allí que el Papa
Juan Pablo II, hablando a los jóvenes reunidos con él en
Roma sobre la elección de la persona con quien compartir la vida,
les dijo así: “¡Atención! Toda persona humana
es inevitablemente limitada: incluso en el matrimonio más
avenido suele darse una cierta medida de desilusión ... Sólo
Jesús, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del
Padre, puede colmar las aspiraciones más profundas del corazón
humano”. (JP II, 20-agosto-00) ¿Pueden
comulgar los divorciados y ¿Se
puede anular un matrimonio? Del
Mensaje del Sínodo de los |
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