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Dios entregó a Moisés su Ley para
el cumplimiento estricto de todos: del viejo pueblo de Israel y del nuevo
pueblo de Israel, que es hoy la Iglesia de Cristo. Más aún,
es una Ley tan sabia, tan prudente y tan necesaria que es indispensable
seguirla, tanto para el bien personal, como para el bien de los grupos,
pequeños o grandes, y hasta para el bien mundial.
Por eso, aparte de estar esa Ley escrita en las
piedras que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí,
está también inscrita en el corazón de los seres
humanos. Y cuando nos apartamos de esa Ley, porque creemos encontrar la
felicidad fuera de ella, nos hacemos daño a nosotros mismos y hacemos
daño a los demás.
Moisés, quien había recibido las
instrucciones directamente de Dios, había instruido al pueblo así:
“No añadirán nada ni quitarán nada a lo
que les mando” (Dt. 4, 1-2; 6-8). Pero a lo largo del tiempo
se habían ido anexando a la Ley una serie de detalles minuciosos
prácticamente imposibles de cumplir, además de interpretaciones
legalistas y absurdas que hacían perder de vista el verdadero espíritu
de la Ley. Por todo esto Cristo tuvo que aclarar bien lo que era la Ley
y lo que eran los anexos y legalismos. Y tuvo que ser sumamente severo
contra los fariseos, que regían la vida religiosa de los judíos,
y contra los escribas, que eran los que fungían de intérpretes
de la Ley.(cfr. Mt. 23, 1-34 y Lc. 11, 37-47)
Nos cuenta el Evangelio de San Marcos (Mc.
7, 1-8.14-15.21-23) que en una ocasión los discípulos
no cumplieron las normas de purificación de manos y recipientes,
según se exigía de acuerdo a estos anexos y legalismos.
Y, ante el reclamo de unos escribas y fariseos, el Señor les responde
algo bien fuerte: “¡Qué bien profetizó de
ustedes Isaías! ¡hipócritas! cuando escribió:
Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está
lejos de Mí ... Ustedes dejan de un lado el mandamiento de Dios
para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.
A juzgar por la respuesta de Jesús, definitivamente
se habían agregado cosas humanas a la Ley divina. No habían
cumplido lo que Moisés, por orden de Dios, había instruido:
no quitar ni agregar nada a la Ley. Y por eso habían puesto cargas
tan pesadas que ni ellos mismos cumplían. Y cada vez que le reclamaban
a Jesús el incumplimiento de estas cargas absurdas, con gran severidad
les iba tumbando todos los legalismos y anexos que habían ido agregando
a la Ley de Dios.
En otra oportunidad fue Jesús mismo quien
se sentó a la mesa, precisamente en casa de un fariseo, sin la
rigurosa purificación exigida. Al anfitrión reclamarle,
Jesús no se midió en su respuesta, ni siquiera por ser el
invitado: “Eso son ustedes, fariseos. Purifican el exterior
de copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas
y perversidades. ¡Estúpidos! ... Según ustedes, basta
dar limosna sin reformar lo interior y todo está limpio”
(Lc. 11, 37-41).
Por eso Jesús les insiste que lo importante
no es lo exterior sino lo interior. Lo importante no son los detalles
que se habían inventado, sino el corazón del hombre. Es
hipocresía lavarse muy bien las manos y tener el corazón
lleno de vicios y malos deseos. Es hipocresía aparentar por fuera
y estar podrido por dentro. Lo que hay que purificar es el interior, lo
que el ser humano lleva por dentro: en su pensamiento, en sus deseos.
Y aclara que los pecados brotan del interior, no del exterior.
Por eso, para corregir este legalismo absurdo,
dice Jesús: “Escúchenme todos y entiéndanme.
Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha
es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las
intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios,
las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias,
la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades
salen de dentro y manchan al hombre”.
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