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En una de las apariciones de Jesús a los
Apóstoles, después de su Resurrección, se encontraba
ausente Tomás, uno de los doce (cf. Jn. 20, 19-31). Y
conocemos la historia. Tomás no creyó. Le faltaba ¡tanta!
fe que tuvo la audacia de exigir -para poder creer- meter su dedo en los
orificios que dejaron los clavos en las manos del Señor y la mano
en la llaga de su costado.
Terrible parece esta exigencia. Y, nosotros, los
hombres y mujeres de esta época ¿no nos parecemos a Tomás?
¿No creemos que toda verdad para serlo debe ser demostrada en forma
palpable, medible, comprobable ... igual que Tomás? ¿No
podría el Señor reprendernos igual que a Tomás? “Ven,
Tomás, acerca tu dedo ... Mete tu mano en mi costado, y no sigas
dudando, sino cree. Tú crees porque me has visto. Dichosos los
que creen sin haber visto”.
Las apariciones de Jesús Resucitado a sus
Apóstoles antes de su Ascensión al Cielo, fueron varias.
Pero ésta de hoy parece muy importante. No sólo el episodio
de Santo Tomás la hace destacar, sino también que en esa
misma ocasión el Señor instituyó el Sacramento del
Perdón o de la Penitencia o Confesión. “Reciban
el Espíritu Santo. A lo que les perdonen los pecados, les quedarán
perdonados y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
¿Será por el recuerdo de la institución
del Sacramento del Perdón de los pecados que hoy celebra la Iglesia
la Fiesta de la Divina Misericordia?
En efecto, este Domingo que sigue al Domingo de
Resurrección es la “Fiesta de la Divina Misericordia”.
Es una Fiesta nueva en la Iglesia, que tiene la particularidad de haber
sido solicitada por el mismo Jesucristo a través de la Santa Faustina
Kowalska, religiosa polaca del siglo 20, quien murió en 1938 a
los 33 años de edad y quien fuera canonizada precisamente en esta
Fiesta de la Divina Misericordia del año 2000.
Con motivo de este Evangelio y de la Fiesta de
la Divina Misericordia, veamos qué nos ha dicho el Señor
sobre la Confesión a través de Santa Faustina Kowalska:
“Cuando vayas a confesar debes saber que Yo mismo te espero
en el Confesionario, sólo que estoy oculto en el Sacerdote.
Pero Yo mismo actúo en el alma. Aquí la miseria del alma
se encuentra con Dios de la Misericordia. Llama a la Confesión
Tribunal de la Misericordia. Y para acogerse a El no nos pide
grandes cosas: sólo basta acercarse con fe a los pies de mi
representante (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria ... Aunque
el alma fuera como un cadáver descomponiéndose (es
decir, muerta y descompuesta por el pecado) y que pareciera estuviese
todo ya perdido, para Dios no es así ... ¡Oh! ¡Cuán
infelices son los que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia!”
¿Cómo podemos acogernos a su Misericordia?
Veamos qué nos ha dicho el Señor sobre la Fiesta de hoy:
“Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo
para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores ... Ese
día derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al
manantial de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa
Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y
de las penas ... Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque
sus pecados sean como escarlata” (o sea, muy graves o muy feos).
Con este ofrecimiento del Señor para el
día de hoy, quien verdadera y completamente arrepentido se confiese
y también comulgue, acogiéndose a este llamado de la Divina
Misericordia, queda como si se acabara de bautizar, totalmente purificado
de toda culpa, como si no hubiera cometido nunca ningún pecado.
Es el abismo insondable de la Misericordia Infinita de Dios, que no desea
la muerte de nosotros, pecadores, sino que nos convirtamos y vivamos para
la Vida Eterna, la que nos espera después de esta vida terrenal
que ahora vivimos.
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