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El hecho mas relevante de la historia de
la humanidad es, sin duda, el Nacimiento de Dios-Hombre. Tan
importante fue este acontecimiento que la historia se divide en “antes”
y “después” de Cristo. Sin embargo, ese hecho fue antecedido
por el misterio más grande de nuestra fe cristiana: la
Encarnación de Dios, es decir, Dios hecho hombre en el
seno de la Santísima Virgen María.
Así describe este Misterio el máximo
poeta de la Mística, San Juan de la Cruz: “Entonces (Dios)
llamó a un arcángel que San Gabriel se decía, y enviólo
a una doncella que se llamaba María, de cuyo consentimiento el
misterio se hacía, en el cual la Trinidad de carne al Verbo vestía;
y aunque Tres hacen la obra, en el Uno se hacía; y quedó
el Verbo encarnado en el vientre de María. Y el que tenía
sólo Padre, ya también Madre tenía, aunque no como
cualquiera que de varón concebía, que de las entrañas
de ella El su carne recibía; por lo cual Hijo de Dios y del hombre
se decía”. (Romance 8)
Pensar en la Navidad (“Natividad de Nuestro
Señor Jesucristo”) es pensar en el hecho que la precede:
La Anunciación a la Virgen María de la Encarnación
de Dios en su seno virginal. Y pensar en ese pasaje del Evangelio de San
Lucas es ver las actitudes de María Santísima que
permitieron a Dios realizar ese milagro de Su Amor por los hombres: el
de bajarse de su condición divina -sin perderla- para hacerse uno
como nosotros en todo menos en el pecado, humanándose en el seno
de la Virgen María.
María se encontraba en oración.
No queda esto tan claro de la narración evangélica, salvo
por “entró el Angel en su presencia” (Lc. 1, 28).
Sin embargo, ha sido tradición mostrar a la joven virgen en actitud
orante para tan significativo momento.
María creyó que lo aparentemente
imposible se realizaría en ella. Esto lo reconoce muy
bien su prima Santa Isabel cuando le dice: “¡Dichosa tú
por haber creído que se cumplirían las cosas que te fueron
dichas de parte del Señor!” (Lc. 1, 45). La fe de la
Santísima Virgen es digna de nuestra imitación: cree por
encima de toda apariencia, cree sin dudar, cree porque Dios, a través
su enviado el Arcángel Gabriel, le anuncia el hecho insólito
de que sería nada menos que la Madre de Dios, pues El mismo se
encarnaría en su seno. Sólo hace una pregunta: “¿Cómo
podré ser madre si no tengo relación con ningún hombre?”
(Lc. 1, 34). Y vuelve a poner en funcionamiento su fe a toda prueba,
al creer que concebiría prescindiendo de las leyes naturales para
la procreación establecidas por Dios mismo. Cree sin dudar las
palabras de San Gabriel Arcángel: “El Espíritu
Santo descenderá sobre tí y el Poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por eso tu hijo será Santo y con
razón lo llamarán Hijo de Dios” (Lc. 1, 35)
María fue humilde. “He
aquí la esclava del Señor”, le responde al Arcángel
San Gabriel al final de la Anunciación. Ya ha sido constituida
nada menos que “Madre de Dios” y se reconoce a sí
misma “esclava del Señor” para que se haga
en ella todo lo que El desee. Ella misma reconoce ante su prima Santa
Isabel que es su humildad lo que ha atraído los favores de Dios
para hacer grandes cosas en ella: Dios quiso ver “la humildad
de su esclava” (Lc. 1, 47).
Imitar las virtudes que María, Madre de
Dios y Madre nuestra, nos revela en este episodio importantísimo
de su vida y de la vida de la humanidad, es ir preparando nuestro corazón
para recibir en él al Hijo de Dios, Hijo de María, nuestro
Señor Jesucristo. Y preparar nuestro corazón es
imitar a la Santísima Virgen María en su espíritu
de oración, su humildad y su fe a toda prueba.
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