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Jesús varias veces criticó a un grupo
religioso de su época, el de los Fariseos, cuyo objetivo era la
práctica de la ley de Moisés en la forma más estricta
y detallada. La crítica del Señor se basaba sobre todo en
que ellos mismos no cumplían lo que exigían cumplir a otros,
por lo que el Señor los llamó “hipócritas”.
Es por ello que hoy día en el lenguaje coloquial religioso el término
“fariseo” ha venido a ser considerado sinónimo de “hipócrita”.
Veamos uno de esos episodios en que el Señor
advierte contra el comportamiento farisaico (Mt. 23, 1-12) y
veamos con detalle algunas de las acusaciones hechas por Jesús,
para no caer nosotros en la misma hipocresía que Jesús condenó
tan duramente.
“Hagan todo lo que les digan, pero no
imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra”. ¡Cuántas
veces nuestro ejemplo no va parejo con nuestra predicación y con
nuestras exigencias a los demás! ¡Cuántas veces nuestros
actos contradicen nuestras palabras! Sin embargo, a veces son otros los
que desdicen con su ejemplo lo que predican.
¿Qué hacer, entonces? Debemos recordar
que Dios quiere que sigamos los buenos consejos, aunque quienes los den
no den el ejemplo con sus obras. Así que no sirven excusas como:
“hay Curas sinverguenzas, por tanto yo no creo en los Curas ni en
lo que predican”. Esta excusa suele escucharse con cierta frecuencia,
pero no es válida.
Sólo Dios es perfecto; sólo Jesús
fue Maestro perfecto, pues era Dios. Todos los seres humanos podemos errar,
por lo que los maestros humanos pueden ser imperfectos en sus enseñanzas
y mucho más en sus obras. Tratemos, entonces, de tener coherencia
entre nuestra vida y nuestras palabras, y no descalifiquemos a los predicadores
porque su ejemplo no sea perfecto.
“Hacen fardos muy pesados y difíciles
de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni
con el dedo los quieren mover”. Los Fariseos ponían
cargas pesadas e insoportables a los demás, que ellos mismos no
cumplían. No hagamos nosotros igual.
Pero también al pensar en las cargas, recordemos
lo que nos dice Jesús: “Mi yugo es suave y mi carga es
llevadera” (Mt. 11, 30). Y es llevadera y dulce nuestra carga,
pues Jesús la comparte con nosotros. Jesús nos ayuda a llevarla.
El tuvo al Cireneo que le ayudó a llevar su cruz. Y ¡qué
mejor Cireneo que el nuestro! Es Jesús mismo quien viene a ayudarnos,
cuando le entregamos a El nuestras cargas. Por otro lado, ¡cuántas
veces cargamos a nuestros prójimo con nuestras cargas, a veces
reales, a veces inventadas por nosotros mismos! Pero debemos saber que
Dios desea que nosotros no carguemos de peso a los demás, sino
que más bien les ayudemos a llevar sus cargas.
“Todo lo hacen para que los vea la gente”.
Aquí sí es verdad que el “fariseo” se nos sale
con más frecuencia. ¡Cómo nos gusta ser admirados
y respetados! ¡Cómo nos gusta que se hable bien de nosotros!
Y, peor aún, ¡cuántas son las cosas que hacemos para
ser apreciados y alabados! ¿Qué valor, entonces, tienen
esas cosas buenas que hacemos, pero con un fin farisaico, interesado,
impuro? ¿Dónde está la pureza de corazón y
la rectitud de intención cuando así nos comportamos?
Sigamos la advertencia de Jesús nuestro
Señor: “Si vuestra santidad no es mayor que la de los
maestros de la Ley y los Fariseos, no entrarán en el Reino de los
Cielos” (Mt. 5, 20).
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