Ser inmutable es ser siempre el mismo, sin
experimentar ningún tipo de cambio o mutación. No cambian ni Dios, ni
sus designios. Así nos dice la Sagrada Escritura:
El proyecto del Señor subsiste siempre,
sus planes prosiguen a lo largo de los siglos (Sal. 32, 11).
Hace tiempo que fundaste la tierra,
y los cielos son la obra de tus manos; ellos perecerán, pero tú permaneces.
Todos se gastan como la ropa, los cambias como un vestido, y se mudan,
pero Tú eres el mismo, tus años no se acaban (Sal. 101, 26-27).
Porque Yo, Yavé, en nada he cambiado
(Mal. 3, 6).
Todo don valioso, todo regalo precioso
viene de la alto y ha bajado del Padre de las Luces, en Quien no hay cambio,
ni variación (St. 1, 17).
¿Por qué es importante para nosotros darnos
cuenta de la inmutabilidad divina? ¿Por qué es importante convencernos
de que Dios no cambia? ¿Qué significado tiene el poema de Santa Teresa
sobre la paciencia: Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta?
Dios es siempre el mismo. Dios siempre ama
la virtud y siempre detesta el pecado. Cuando perdona y ama al pecador
arrepentido, es el pecador el que cambia, no Dios.
Por eso, cuando la Biblia dice, por ejemplo,
que Dios se arrepintió de haber creado a los seres humanos, o cuando habla
de la ira divina, son términos que el escritor sagrado usa en forma figurativa,
pudiéramos decir humanizada, que no deben tomarse en forma
literal.
Los designios de Dios son estables. Si Dios
hace un milagro, no es que está cambiando sus planes, sino que El desde
siempre dispuso las leyes de la naturaleza y desde siempre previó las
excepciones que El mismo haría.
Dios es el mismo en el Antiguo Testamento,
en el Nuevo Testamento y en la actualidad. ¡No nos confundamos! El Dios
del Antiguo Testamento no es un Dios castigador, como suele
escucharse en algunos corrillos cristianos o de parte de algunos
de nosotros- al compararlo con Jesucristo Dios en el Nuevo Testamento.
Si, como dice San Juan, Dios es Amor,
y Dios no cambia, Dios desde siempre ha sido Amor, es Amor y seguirá siendo
Amor para siempre.
En efecto, nos dice el Catecismo (cf. #218)
que el pueblo del Antiguo Testamento pudo descubrir que la razón que Dios
tuvo para revelársele y para escogerlo como Su Pueblo, fue precisamente
su Amor Infinito e Inmutable, apreciación que recoge la Biblia muy claramente:
Te ha elegido por el amor que te tiene y para
cumplir el juramento hecho a tus padres (Dt. 7, 8)
porque
amaba a tus padres (Dt. 4, 37)
sólo
con tus padres estableció Yavé lazos de amor (Dt.
10 ,15).
Y si estos enunciados de amor del libro del
Deuteronomio fueran insuficientes para convencernos que Dios es Amor
siempre, ¿qué decir de la clemencia y la misericordia de Yavé, Quien no
cesó de salvar al Pueblo de Israel, a pesar de sus repetidas infidelidades
y reclamos?
Y ¿qué decir de las declaraciones de amor que
Dios, como Esposo fidelísimo, hace a su Esposa infiel, a su Pueblo prefiguración
de su Iglesia- a través de uno de sus Profetas? Por eso ahora
la voy a conquistar, la llevaré al desierto y allí le hablaré a su corazón
Y allí ella me responderá como cuando era
joven. Aquel día, dice Yavé, ya no me llamarás más Señor mío,
sino que me dirás Esposo mío
Yo te desposaré para siempre.
Justicia y rectitud nos unirán, junto con el amor y la ternura. Yo te
desposaré con mutua fidelidad, y conocerán Quién es Yavé (Os. 2,
16
23.
Entonces
¿Quién es Yavé?
El mismo Dios de ayer, de hoy y de siempre,
el Dios que es Amor y que es todo lo demás que es, con todos sus
atributos- y que es así, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento,
como hoy y como siempre, para toda la eternidad. Dios no se muda,
dice bien Santa Teresa de Jesús. Dios es siempre el mismo. He allí la
Inmutabilidad de Dios. |