Objeción:
¿Por qué las riquezas de la Iglesia Católica? ¿Por
qué no se vende todo ese tesoro para ayudar a los pobres?
Respuesta: Lo primero que
hay que decir es que lo que critican como “riquezas” o “tesoros”
de la Iglesia Católica y del Papa, son una colección de
obras de arte reunidas a través de siglos, que están en
museos y en iglesias para deleite y provecho cultural de todos.
Otra crítica, en la cual se insiste
menos, es que las iglesias son lujosas y costosas. Pero ... ¿qué
tiene de incorrecto que la Casa de Dios sea lujosa? Jesús iba al
Templo de Jerusalén, que era costoso y lujoso. Y sabemos que El
condenó y echó fuera del Templo a los vendedores ambulantes
que se habían colocado allí, aduciendo que la Casa de Dios
era Casa de Oración, según decía la Escritura antigua
(cf. Mt. 21, 12-13; Mc. 11, 15-17). Pero Jesús nunca le
criticó al Templo su ornato, su lujo, ni sus riquezas.
En el Libro del Exodo (Cap. 25-30)
se pueden seguir las instrucciones que Dios mismo (Yavé) dió
a Moisés para la construcción de su Casa. Allí podemos
leer algo sobre las riquezas que debe llevar la Casa de Dios: oro, plata,
cobre, ropas finas, lámparas, aromas, óleos, perfumes de
buen olor, piedras preciosas, etc. Todas cosas costosas y lujosas ...
para Dios.
En Jerusalén fueron construidos sucesivamente
tres Templos: el primero, el de Salomón, que fue de una gran magnificencia
y muy lujoso, tardó 7 años en construirse: el altar y la
mesa, de oro; los candeleros y todo el resto del ornato, de oro fino.
Además Salomón hizo traer todo lo consagrado por el Rey
David: la plata, el oro y otros objetos “y los puso en los tesoros
de la Casa de Yavé”. (cf. 1 Rey. 6, 1-38; 7, 13-51)
El segundo Templo fue construido por Zorobabel
después del regreso del exilio en Babilonia y en él fueron
colocados todos los tesoros, utensilios y vasos sagrados que fueron llevados
al exilio y posteriormente regresados a Jerusalén.
El Templo del tiempo de Jesús fue el
tercero, construido sólo 20 años antes del nacimiento de
Cristo y éste, exquisito también, contenía los tesoros
y riquezas de los anteriores.
Como vemos, el lujo en los templos no es cosa
nueva. De acuerdo a esta tradición, podemos usar cosas costosas
y lujosas para honrar a Dios en su Casa, en sus iglesias. Honrar a Dios
con cosas lujosas y costosas es tan así, que cuando Judas criticó
a María de Betania por gastar un aceite finísimo para ungir
los pies de Jesús y proponía -como algunos ahora hacen con
relación a las “riquezas” de la Iglesia- que se vendiera
para darlo a los pobres, Cristo paró la crítica de Judas
así: “Déjala, pues lo tenía reservado para
preparar mi entierro. A los pobres los tienen siempre entre ustedes. Pero
a Mí no me tienen siempre” (Jn. 12, 1-8). Y el Evangelista,
San Juan, hace este comentario: “En realidad (Judas) no se interesaba
por los pobres, sino que era ladrón y, como estaba encargado de
la bolsa común, se llevaba lo que echaban en ella”.
(¡Qué grave acusación!)
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Y los que ahora proponen que se vendan las
riquezas de la Iglesia para atender a los pobres ¿qué pretenden
realmente? ¿Creen, con sincera honestidad, que se van a resolver
los problemas de la pobreza en el mundo con esa proposición? ¿O
será que son simples ataques contra la Iglesia Católica
porque los enemigos de la Iglesia no aceptan sus enseñanzas, su
primacía y su permanencia por ya más de dos milenios de
existencia, a pesar de todos los ataques con que han pretendido y pretenden
destruirla?
¿Por qué no proponen lo mismo
para los museos gubernamentales o privados que hay en todo el mundo? Sencillamente
porque ésa es una proposición absurda. La venta de esas
colecciones maravillosas de obras de arte, patrimonio de toda la humanidad,
lo que lograría sería que cayeran esos tesoros artísticos
en manos de particulares y -ya lo sabemos- no se lograría resolver
la pobreza.
Ahora bien, la verdadera riqueza de la Iglesia
Católica no está en sus obras de arte, en sus tesoros arquitectónicos,
ni siquiera en la inmensísima red de iglesias, conventos, monasterios,
colegios, hospitales, orfanatos, ancianatos, hospicios, etc. que tiene
en todas partes de mundo.
Toda esa estructura física es nada,
cuando pensamos que cada persona que está unida a Cristo, es su
templo, porque El habita en ellos (cf. 1 Cor. 3, 16 y 6, 19).
Y todos, unidos, formamos el Cuerpo Místico de Cristo (Col.
1, 18 y 24), en el cual la solidaridad se siente o se deja de sentir,
porque si alguno está bien, lo siente todo el Cuerpo, y si alguno
sufre, sufre todo el Cuerpo. De allí, entonces, que la verdadera
riqueza de la Iglesia de Cristo esté en cada uno de nosotros, sus
miembros. De allí que ninguna institución en la historia
de la humanidad haya hecho más por los necesitados que la Iglesia
Católica, ya que ha tratado de cumplir y sigue tratando de cumplir
con el mandato de Caridad dejado por su Fundador, que es Dios mismo: Jesucristo. |